CÓMO PUEDEN EXISTIR DOS O MÁS SISTEMAS DE CIFRACIÓN PARA UNA MISMA LENGUA?

 

Un tema abordado en otras ocasiones. ¿Cómo justificar las distintas atribuciones o correspondencias? La “pequeña numeración”, mediante la asignación de números consecutivos a la serie de las letras del alefato o a cualquier alfabeto. La “gran numeración”, a través de la atribución de las 9 primeras letras a las unidades; de las 9 segundas, a las decenas; y de las 9 terceras, a las centenas. Parece que este sistema tiene un carácter un tanto arbitrario y convencional, por más que, tradicionalmente, dé resultados (de todos modos, la pequeña numeración es la originaria, puesto que la operación de contar es anterior a la decisión convencional de otorgar un valor arbitrario a cada letra). Por ejemplo, en el alfabeto griego de 27 letras, “iesous” vale 888; por cierto, el número en cuestión se descompone en 2x2x2x3x37=2ºx2ºx2ºx3ºx13º=casaxcasaxcasaxcamelloxaguas, es decir, una casa perfecta o cúbicaxcamelloxaguas).

Puesto que, tradicionalmente, se utilizan las letras desde Iod a Tsáde para designar las decenas; y desde Qof en adelante para las centenas, parece lógico hasta cierto punto este sistema de numeración.

Por otra parte, la “gran numeración” explicaría la existencia de números como el 666, correspondiente a un nombre. Ahora bien, de no adoptarse tal numeración y sólo la “pequeña”, ningún nombre podría alcanzar ese valor numérico. Por cierto, 666=2x3x3x37=2ºx3ºx3ºx(13º)=casaxcamelloxcamelloxaguas primordiales.

666=24-18=plenitud de las aguas primordiales-garfio (venablo, anzuelo)

En cuanto a 153=3x3x17=3ºx3ºx8º=camelloxcamelloxvallado.

153=5-18=vida (aliento)-anzuelo

Por otro lado, según la fórmula n(n+1)/2, 666=36×37/2; y 153=17×18/2. En ambos casos hay una relación directa con el tiempo de revolución del eje nodal expresado en años.

Expresado en meses, 666 es 55,5 años ; mientras que 153 es 12,75.

En cuanto a la relación con la revolución del eje nodal, 55,5=3 revoluciones (aprox.).

Y 12,75 es en años el valor del ciclo Júpiter/Urano. Y dos ciclos serán 25,5 años, valor del Jubileo de la Iglesia.

 

NO TODO ESTÁ PERDIDO

 

En medio de tanta desorientación y de tantos “palos de ciego” a la hora de determinar cuál es el papel de la mujer en la sociedad de nuestro tiempo y, en definitiva, en qué consiste la verdadera identidad femenina, con frecuencia ocultada bajo toneladas de propaganda y de decisiones políticas que parecen inspiradas en aquel “principio de Peter” que dice: “Si no lo ha conseguido con dos errores, pruebe con tres”, nos viene una información del colectivo “Profesionales por la Ética” que supone un buen respiro.

Hace pocos años, en vísperas del Día Internacional de la Mujer, se presentó en todo el mundo la Declaración Internacional Women of the World (“Mujeres del mundo”).  La iniciativa ha constituido un gran éxito de la defensa de la identidad femenina frente al feminismo rancio de hace décadas  y la ideología de género.

Se han adherido 130 asociaciones de 40 países de los 5 continentes, entre los que destaca la amplísima representación de Hispanoamérica y la de países como Irak, Marruecos, Gabón o Kenia.

Han firmado la declaración 17000 mujeres de 70 países, que van desde la República del Congo, Kenia o Burkina Faso a Turkmenistán, Kirguistán, Irak y el Líbano, pasando por Nueva Caledonia, Trinidad y Tobago y Haití hasta Ucrania y Bosnia. Las firmas individuales más numerosas son de España, Croacia, Francia, Italia, México y Argentina.

Hay que añadir que Women of the World ha sido traducida a 11 idiomas, incluídos el japonés y el árabe, y está colgada en más de 100 páginas web

Recientemente, la asociación “Profesionales por la Ética”, junto con la Federación Internacional del Instituto de Política Familiar (IPF), la asociación belga Woman Attitude y la francesa Femina Europa, presentaron Women of the World en Bruselas, en el Parlamento Europeo, ante un grupo de eurodiputados y representantes de otras asociaciones europeas. Ese mismo día, en Honduras una representación de las asociaciones y mujeres firmantes de la Declaración entregaron el texto al Comisionado de Derechos Humanos del país.

Por último y como fruto del trabajo coordinado de las asociaciones adheridas, se presentó de manera simultánea en Polonia, España, Ecuador, Honduras, Guatemala, Perú, EEUU y México y Panamá (país donde, además, se leyó en la Asamblea Nacional de Diputados) y ha formado parte de otros eventos en países como Colombia e Irak. Y, casi al mismo tiemo, se presentó en la sede de las Naciones Unidas y en el marco del 59º Encuentro del Committee on the Status of Women, un hito sin duda importantísimo. Consuela pensar que, en medio de tantos planteamientos equivocados, fomentados desde las instancias más oficiales, haya gente que trabaja en serio en defensa de la verdadera identidad femenina. Gente que se siente orgullosa del trabajo realizado y que espera que los próximos pasos van a ser de gigante. Ojalá las expectativas se confirmen y muchas mujeres puedan ver que hay “otra cosa”…

 

 

 

 

DEL TIEMPO Y SUS NIVELES

 

Hablando de la naturaleza del tiempo decía san Agustín que si nadie le preguntaba por la índole del mismo, sabía muy bien de qué se trataba; pero si debía expresarlo con palabras, le resultaba sumamente difícil. Ahora bien, ¿por qué el de Hipona encontraba esa dificultad para expresar su experiencia del tiempo? Porque, al dirigirse a sus discípulos y lectores debía contar con el modo como estos vivían el tiempo, pues hay muchas formas de vivir ese fenómeno tan especial, ese “número o medida del movimiento según un antes y un después”, como lo definió Aristóteles.

En primer lugar está el tiempo físico, basado en el movimiento de los astros, en el que se sitúan  todos los fenómenos materiales, imponiéndoles sus ritmos y marcando sus umbrales de transformación.

Luego está el tiempo “mecánico”, el que miden los  relojes, es decir, un tiempo repetitivo, medido por un movimiento en el que no hay aceleración ni deceleración (al menos, sobre el papel). Se trata de una uniformización del tiempo físico destinada al uso social y que no hace sino simplificarlo y falsearlo, pues reduciéndolo a su aspecto cuantitativo, ignora su dimensión cualitativa  e impone su carácter monótono y su vaciedad sobre todas las esferas a las que se aplica. Y esto lo percibimos ya al observar cómo los periodos de revolución de los planetas y otros ciclos planetarios marcan por sí mismos el devenir de los fenómenos físicos, de manera  que los verdaderos relojes no son los de fabricación humana, sino los cuerpos celestes. Conviene añadir que tales dimensiones del tiempo tienen un carácter cíclico, imitación y reflejo lejanos de la eternidad en el mundo material.

Más allá de la dimensión física y mecánica (o social) del tiempo, en la que se sitúan los cuerpos está el tiempo psicológico, indirectamente dependiente del físico (por su estrecha conexión con él), pero de índole estrictamente psíquica. El tiempo en cuestión “sobrevuela” los acontecimientos y estados corporales o materiales, modificándolos desde la psique y desde sus distintas capacidades  e integrándolos desde su interioridad  espiritual.

Accedemos así al tiempo espiritual, al tiempo del espíritu, definido no ya por su carácter cíclico, repetitivo, sino por la unidad de un proyecto voluntario y una dirección. Es lo que le hace “lineal” e irrepetible, capaz de eternidad y no sujeto al “eterno retorno”.

Este es el tiempo al que aludía san Pablo en su discurso del Areópago, cuando, ante los atenienses que se reunían allí para comentar las “últimas novedades”, les habló de la Única Novedad que da sentido a la existencia humana: la venida de Cristo. ¿Por qué? Porque “sólo el Nombre sobre todo Nombre” puede liberarnos del tiempo e introducirnos en la eternidad, que Tomás de Aquino entendió como “la perfecta posesión de una vida interminable vivida en total  simultaneidad”, es decir, la condición inacabable de la vida eterna hecha puro presente.

 

 

 

 

 

REFLEXIONES EN TORNO A LA CULTURA

 

Hoy que tanto se promueven desde el Poder políticas culturales que incidan favorablemente en la educación de la gente, quizá convenga detenerse un poco en el tema. Para ello comenzaremos por recordar aquella frase de Sartre que dice aproximadamente “En toda conversación lo más difícil es saber de qué se está hablando”. En segundo término, haremos referencia a los principales significados del vocablo “cultura” en el Diccionario de la Real Academia Española.

Dejando a un lado de momento el significado de “cultura popular”, con frecuencia tan trivializado o convertido en una caricatura de sí mismo, casi siempre por motivos políticos, aludiremos a los otros dos, íntimamente relacionados entre sí: 1) “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época o grupo social”, y 2) “conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar un juicio crítico”. Este de la cultura es un punto en el que, en los países democráticos, los programas de los diferentes partidos suelen abundar. Pero, en lugar de fomentar el reconocimiento de la iniciativa personal, prefieren copiar a los países totalitarios, como si la creación de cultura fuese tarea específica del Poder. Hace algunos años un amigo que trabajó durante bastante tiempo en el departamento de Lengua Akkádica de una universidad alemana me comentaba que, al volver a España, quedó sorprendido por la enorme cantidad de actividades “culturales” que  organizaba su comunidad autónoma y que superaban en número al de la universidad alemana en cuestión, no mal situada precisamente en el “ranking” mundial de la materia (escritura cuneiforme; sí, esa en la que un lego, puesto a interpretar una tablilla, no sabría si leer, por ejemplo, “la condición humana es compleja” o “mañana por la tarde quedamos en el estadio”) Bromas aparte, mi amigo se preguntaba: “¿Cómo es posible esto?”. Y no podía menos que contestarse abrumado: “porque una cosa es el número y otra la calidad”.

Aquí está el problema: vivimos en un mundo en el que domina claramente la entropía cultural. ¿Qué es eso?  “Entropía” es un “palabro” que, en termodinámica, significa la tendencia a la igualación de los polos entre los que circula la energía y, por consiguiente,  al colapso del sistema por “muerte térmica”, por nivelación de los “vasos comunicantes”. Entropía cultural significaría, pues,“la tendencia a la igualación por abajo de todos los niveles de conocimiento o, lo que es igual, la nivelación a la baja de los mismos”. De esta manera, los contenidos culturales se vuelven cada vez menos amplios y profundos. Y si eso ocurre con la acepción 1)  de la cultura a la que aludíamos arriba, qué diremos de la acepción 2), es  decir, la cultura como capacidad crítica. Y si el Poder no toma las necesarias medidas para frenar la entropía cultural que todo lo invade, la cultura terminará por convertirse en algo irrelevante. Nos consolaremos pensando que, “para mejorar, las cosas tienen primero que empeorar”, y ya estamos cerca del límite.

DE ESTO NO SE PUEDE HABLAR


Como es sabido, la libertad de prensa, admitida por definición en los regímenes democráticos, no es omnímoda, sino que tiene límites (“mi libertad termina allí donde empieza la de los demás”). Ahora bien, a veces los límites coinciden con las “líneas rojas de lo políticamente correcto”, y eso no es nada bueno.

Si hablamos de los grandes enigmas de la historia, nos topamos rápidamente contra un muro. Por ejemplo, cada vez más gente sabe que en los orígenes de la Revolución Rusa están no sólo los abusos del régimen zarista, sino también las influencias y las maniobras, no por ocultas menos reales, de una cierta oligarquía capitalista.

¿Han oido hablar mis lectores de las obras no publicadas de Marx o del título de su tesina (sobre el “Cuerpo Místico de Cristo”)?¿O de las cartas que cruzó con su padre, en las que éste se mostraba sumamente inquieto ante los derroteros que empezaba a tomar la vida de su hijo?

No hablemos de la Revolución Francesa y de sus conexiones con ciertas sociedades secretas, ya investigadas, aunque no tan difundidas.

Del holocausto judío se ha escrito bastante, pero no tanto de las connivencias que lo hicieron posible, ni de las causas últimas del nazismo.

Por Alexander Solyenitzin empezamos a saber más de los “gulag” soviéticos, un tema vedado durante bastante tiempo gracias a la labor enmascaradora de algunos. Y por una famosa novela de Lev Grossman conocemos las impensables dimensiones del hambre bajo Stalin, las deportaciones que él llevó a cabo y otros desmanes increíbles.

Hasta hace pocos años apenas se había hablado de las “purgas” contemporáneas o subsiguientes a la revolución maoísta.

Se habla muy poco del “holocausto español”, a pesar de tenerlo bien cerca, de estar bien documentado y de que supera en crueldad e intensidad a las persecuciones romanas.

Y, por supuesto, en la sociedad en que vivimos no es “de buen gusto”, ni “políticamente correcto” hablar del asesinato de tantos cristianos en territorio sirio, pakistaní u otros. Hace pocos días y en un artículo publicado en “La Vanguardia”, Pilar Rahola se mostraba harta de la “sordera progre” para con ese tema y la denunciaba con claridad.

Al mismo tiempo, crece en nuestra sociedad el interés por los temas relacionados con los aspectos ocultos de la historia y no digamos la atracción morbosa por los fenómenos conectados con el desencadenamiento del mal, de cualquier índole que sea. Vienen a nuestra mente los estudios de Rudolph Otto sobre la fenomenología de “lo numinoso”, de “lo sagrado”, una realidad que se manifiesta de un modo ambivalente: por un lado, como algo “fascinante”; por otro, como algo “tremendo”, “que inspira temor”. Si esto es así en el caso de “lo divino”, tal como, según R.Otto, se muestra en el ámbito de las religiones, ¿a qué apuntará la atracción morbosa ante el desencadenamiento del mal a que aludíamos más arriba? Lo dejo a la reflexión de los lectores.

¿LA TERCERA GUERRA MUNDIAL?

En una reciente entrevista, en la que le preguntaban sobre el riesgo de una Tercera Guerra Mundial, Ettore Gotti-Tedeschi señalaba que dicho conflicto ya ha estallado y que se trata de una guerra contra la fe cristiana. En el contexto actual de la globalización, interrumpida y deformada por las crisis económicas, la cultura laicista ve en cualquier  creencia religiosa firme y estructurada un mecanismo de defensa y de autoprotección de los pueblos frente a la homogeneización y su modelo de gobierno.

Por eso los modelos sociales de fuerte identidad (como la familia) o los valores morales y religiosos que se refieren a dogmas se encuentran gravemente amenazados. De ahí que el proceso de relativización cultural y religiosa se oponga sobre todo a la religión católica, a la que se tacha de « absolutista », porque no admite que en ella exista un Papa infalible en cuestiones de fe, que la libertad individual esté orientada a la Verdad, que la conciencia no sea sólo una instancia subjetiva sin referencia al criterio objetivo representado por el Magisterio de la Iglesia, una Iglesia que es apostólica y que tiene de Cristo el mandato de evangelizar.

A la luz de estas reflexiones se entiende que los poderes (o, mejor,  el Poder) que fomenta la globalización sin barreras quiera sustituir este modelo por una « religión universal »: el ambientalismo, que no sólo englobe a la humanidad entera, sino que también relativice las religiones e incluso las paganice.

En la entrevista en cuestión Ettore Gotti-Tedeschi señala con acierto que el “Coordinador” de esta guerra contra la fe católica no es otro que la “gnosis”, el “conocimiento del bien y del mal” que la Serpiente Antigua ofreció a la humanidad desde el principio. ¿Y qué se propone la gnosis? Nada menos que corregir la Creación, que, al parecer, salió defectuosa de las manos de Dios.

En el libro del “Génesis” se dice: “Y Dios creó al hombre; y lo creó a su imagen; y los creó hombre y mujer. Y los bendijo, diciendo: “Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; y dominad sobre los peces del mar y las aves del cielo, y todos los animales de la tierra”.

Pues bien, la “gnosis”, el “conocimiento del bien y del mal” pretende corregir la realidad de esta manera: al “Dios los creó hombre y mujer” opone la “teoría del género”. Al “Creced y multiplicaos” opone el maltusianismo sin barreras (el control de la población a toda costa). Al “Llenad la tierra y sometedla” opone la teoría ambientalista. Y, finalmente,  frente al mandato “Dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales de la tierra”  desarrolla el proyecto  “animalista”.Nos consuela pensar que Quien dirige este cotarro leyó con detenimiento el libro del “Apocalipsis” y sabe “que le queda poco tiempo”…

LA VOZ DE LA NADA

Hace unos años y para ilustrar un tema semejante, comenzaba mi artículo con las recomendaciones de un periódico (no importa el nombre) sobre la programación de televisión en distintas cadenas. En opinión del encargado de la sección, el mejor programa era éste:

11:00 Copa Davis

13:30 Los 40 Principales

14:25 Corazón de primavera

16:15 Jara y Sedal

19:30 Procesión

20:30 Imagina

21:35 El Informal

21:50 Sorpresa, ¡Sorpresa!

22:30 La noche temática

No importa el nombre del periódico que hacía estas sugerencias, cualquiera podría hacerlas. Tratemos de tomar distancia. Hace unos sesenta años, Max Picard, en su obra Hitler en nosotros mismos, aludía a la discontinuidad de un mundo en el que se manifestó la voz de la Nada de un modo particularmente terrorífico. Nuestro autor hablaba del “caos del mundo de la radio” (6:00 Ejercicios matinales; 6:10 Programa musical; 7:00 Noticias; 8:00 Lección de código Morse; 9:00 Sermón; 9:30 “En un pueblo sobre un lago”; 10:00 Una sonata de Beethoven para flauta y piano; 10:30 Noticias agrícolas…).

En ese caos (¡qué hubiera dicho hoy de la televisión!), las cosas aparecen sin contexto ni relación; un mundo discontinuo y descoyuntado pasa junto a un hombre fragmentado. No importa lo que pasa, sino solamente que pasa algo. Todo lo que ha quedado del tiempo es el momento, y el mecanismo de lo momentáneo lo vuelve todo semejante, priva de significación al lenguaje, lo nivela todo…En el mundo del nazismo, un individuo puede estar empleado en un horno crematorio por la mañana, vender sellos de Correos por la tarde y escuchar música de Strauss por la noche. Para Max Picard, el hombre “moderno”, cuyo retrato ampliado es el nazi, carece de interioridad; por eso vive en la discontinuidad de la pura exterioridad. Aquí ya no hay el “más allá del bien y del mal” de Nietzsche, que todavía exigía un esfuerzo. Simplemente, las nociones de bien y mal han desaparecido del horizonte. Las consideraciones de Max Picard no han perdido, por desgracia, su validez.

Es verdad que en nuestra sociedad “democrática” y “abierta” todavía quedan personas cabales, lo cual es un consuelo. Hace algún tiempo, con motivo de un congreso sobre biotecnología y tras la intervención de un prestigioso profesor, bastante en línea con lo que denunciaba Picard (habló del inconveniente de poner a la ciencia límites o “topes” morales), un amigo mío, biotecnólogo también, se despidió del ponente con las siguientes palabras: “Desde luego, los nazis perdieron la guerra, pero no del todo.”

Cristianismo y sistemas simbólicos